Hipocresía 2.0: regalamos nuestros datos personales y luego nos enfadamos.

Hipocresía 2.0: regalamos nuestros datos personales y luego nos enfadamos.

La escena es reconocible y muy habitual: abrimos nuestro buzón de correo y encontramos una carta de una entidad financiera que concede créditos rápidos, ofreciéndonos de forma inmediata 3000€ para nuestros caprichos; una muestra de comida para gatos que viene en un sobre, directamente para nosotros y otras lindezas por el estilo. En nuestro buzón de correo electrónico la cosa no es muy diferente: mensajes con ofertas de electrónica, seguros para el coche, viajes, etc.

Mucha gente ante esta situaciones se pregunta: ¿como tienen la dirección de mi casa?, ¿como tienen mi dirección de email?. Los más conspiranoicos, piensan: ¿un hacker ha entrado en mi ordenador?, ¿alguien me sigue por la calle?.

La verdad es que la respuesta es mucho más simple: se la has dado tu mismo (si, lo siento, no eres tan importante como para que un hacker te tenga entre sus objetivos).

Al cabo de día son muchas las veces en las que ofrecemos nuestros datos personales sin que seamos realmente conscientes de ello. Muchas veces por desconocimiento, otras por dejadez y otras simplemente porque a cambio obtendremos un servicio. Vamos a repasar algunas:

  • Nos damos de alta en un blog, para seguir las noticias que regularmente se publican. Si todo está como debe, se debería avisar a la hora de hacer el alta del destino de los datos y que se va a hacer con ellos. ¿te has parado a leer alguna vez el famoso “aviso legal”?

  • Buscamos una buena oferta de seguro para nuestro coche y nos conectamos a uno de los múltiples buscadores del sector que existen. Nos satisfaga o no el resultado de la búsqueda, antes tendremos que haber dejado al menos nuestro nombre y correo electrónico. No pasará mucho antes de que volvamos a recibir más ofertas del mismo portal o de las aseguradoras que allí están registradas.

  • Nos damos de alta en una red social (léase Twitter, Facebook, Linkedin, etc) y pronto empezamos a recibir correos con ofertas de una tienda de muebles de Toledo, que tiene a Twitter como su propia granja de datos o de un fotógrafo que te propone que sea él, el responsable del reportaje de tu próxima (y anunciada en Facebook) boda.

  • En nuestra peluquería de referencia hacen un sorteo y para ello hay que rellenar y meter en una urna de cristal un papel dejando nuestro nombre, dirección, teléfono, correo electrónico y otros datos. Al tiempo recibimos en nuestra casa muestras de champú.

  • Nos damos de alta en una web para una compra puntual y entre otras cosas, en el aviso legal que (vaya!) hemos leído, se indica que se podrán ceder nuestros datos a “otras empresas del grupo” (el grupo, ese concepto). Con el tiempo nuestro buzón se llena de correo físico con ofertas de todo tipo.

En resumen, los responsables últimos de que nuestros datos circulen en algunos casos con total impunidad somos nosotros, que no controlamos donde los entregamos.

Tenemos que acostumbrarnos a ser exigentes y reclamar el derecho a la protección de nuestros datos. Ser vigilantes de donde los damos y exigir saber que se va a hacer con ellos. Hemos de leer las condiciones de uso de las webs que visitamos, empezar a discernir cuales tienen una buena y coherente política de privacidad y cuales no. Y en caso de incumplimiento de estas, denunciar y pelear por lo más intimo que tenemos: nuestra privacidad.

A veces es simplemente cuestión de perder 5 minutos leyendo. O ¿nuestra vida privada vale 5 minutos de nuestro tiempo?

Photo credit: moriza / Foter / CC BY

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